En el año 2005 fue noticia la aparición en una playa de un joven trajeado y empapado que no pronunciaba palabra, que no tenía memoria, pero que tocaba el piano como un maestro de la música. Escribió Álvaro García en El río de agua (Valencia, Pre-Textos, 2005): «En el centro psiquiátrico hay un piano / y el joven teclea en él su identidad / que en ese instante es solamente música. / Más días y su patria es sólo música, / su nombre y su memoria, sólo música». David Leo García plantea en Nueve meses sin lenguaje una situación similar, una partida de ajedrez —en color— entre el sujeto y su memoria, entre el sujeto y su lenguaje.

El libro lleva una «Nota a la edición» como es habitual en todo lo que publica Ultramarinos, y aunque a priori cualquier introducción a un libro individual de un autor actual y vivo (léase aquí también autora viva) va contra la lectura errónea a la que todos y todas tenemos derecho, las palabras de Unai Velasco, el editor, son de agradecer y no condicionan de manera insalvable la lectura inocente. Plantea una vinculación con Dime qué (Barcelona, DVD, 2011 / Barcelona-Santiago de Chile, RIL editores, 2018), el anterior título publicado del autor, partiendo del primer poema del libro donde el Creador conversa con su creación, Adán, produciéndose en ella la primera errata del lenguaje que condicionará a toda la humanidad. Acierta Velasco en esta primera conexión, ya que Nueve meses sin lenguaje presenta también a un ser todopoderoso, con un lenguaje lleno de erratas, el propio ser humano. Esto, claro, cargado de ironía, ya que Leo García es tan inteligente que hace que disfrutemos con poemas que nos ponen en nuestro lugar, y que por supuesto no es el de una deidad: «todos frotan / una moneda contra la mejilla / hasta grabar su efigie» o «los datos personales no son más / que una canción de cuna, la obsesiva» o «Vivir no es obligatorio. Desesperar es darse / demasiada importancia. Curioso el corazón: sabemos / acelerarlo pero no pararlo».

Los nueve meses recogidos en el título no tienen que ver con el periodo de gestación del ser humano (¿existe el spoiler en poesía?) y sin embargo el cuerpo es una presencia constante, pero no como protagonista, sino como fábrica de lenguaje: «Toda conversación odio fraterno, / Broca y Wernicke son Caín y Abel, / adivina de quién es la quijada» o «Estamos más enamorados del deseo / que de lo deseado. Pero el deseo / tiene la duración de un trasplante de piel» o «Los ojos inventaron una boca / donde poder decir “me estoy quedando ciego”». La partida de ajedrez que se juega, por tanto, tiene un movimiento real y uno ficticio. Además, este producto en forma de palabra que nos hace creer seres superiores no es para tanto, aunque sea indispensable su excreción: «y el lenguaje se funde / con el lenguaje / como las heces con las heces». Y continúa con unos versos que nos recuerdan a los de Ángel González con la morcilla de su pueblo, la Historia y la repetición: «Sólo el de los bebés se diferencia, / sólo el de los bebés huele distinto».

Escribir sobre un libro para no recomendarlo es un acto de vanidad y de pérdida tiempo, por ello, y porque en Nueves meses sin lenguaje seguimos viendo la voz original y necesaria, inteligente y llena de humor de David Leo García, y porque los libros de Ultramarinos hay que tocarlos, termino con estos versos que sirven de mampara de cristal antes del vis a vis, que son invitación al libro:

Qué opinas, corazón de un solo uso,

qué paredón de la materia gris,
qué escozor invisible,
de medusa,
qué cristo de marca inri,
qué peces voladores,
qué epístola a los gálatas,
qué pentacampeón del fin del mundo […]


Fotografía: Laura Rosal

David Leo García (Málaga, 1988)

Licenciado en Filología Hispánica. A los 17 años obtuvo el Premio Hiperión por Urbi et orbi (Hiperión, 2006) ex aequo con Ben Clark, convirtiéndose en el premiado más joven de la historia del galardón. También es autor de Dime qué (DVD, 2011; reeditado por RIL Editores en 2018), con el que ganó el Premio Cáceres Patrimonio de la Humanidad. Durante el curso 2007-2008 disfrutó de una beca en la Fundación Antonio Gala de Córdoba. Se han publicado muestras de su poesía en diversas revistas, recuentos generacionales y antologías como La inteligencia y el hacha (Visor, 2010, edición de Luis Antonio de Villena) o Tenían veinte años y estaban locos (La Bella Varsovia, 2011, edición de Luna Miguel). Actualmente reside en Barcelona, donde estudia guion y realización de cine.


Nueve meses sin lenguaje

Ultramarinos Editorial, 2018
60 páginas
15 euros

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Vía El Cultural

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