No me acuerdo del mes, pero debió ocurrir en pleno verano pandémico. El escenario, la redacción de Diario Jaén a una hora rayana en la medianoche, cuando los dedos aún humean tras el frenético tecleo y la mente ya pide aire renovado con ansia. Lo preguntó M.O., uno de los veteranos, lento con la tecnología pero certero con el verbo: “¿Quién ha escrito ‘oenegé’?” No dudé un segundo y respondí que yo. Él se dio la vuelta ipso facto y entornó los ojos. Su gesto era inquisidor. Masticó chicle vehementemente o quizás trató de mesurarse antes de volver a hablar. Yo le aguanté la mirada, como un cowboy en un duelo, y recordé unas palabras que espetó cierta vez el siempre histriónico Chávez a Bush: “Te espero en esta sabana, Míster Danger”. Discutimos, por supuesto. Para él, el casus belli fue mi imperdonable affaire lingüístico que consideró un ataque indiscriminado contra la sobriedad informativa; para mí, su escasa apertura de miras y su defensa obtusa del conservadurismo no sólo gramatical, sino también estilístico. “¡Entonces nos inventamos las palabras, hacemos lo que queramos y mañana que no entienda nadie el periódico!”, gritó indignado. Hasta llegó a mencionar a Saussure -creo que con no muy buen criterio-. Le expliqué que no se trataba de eso, claro, sino de no limitarnos a ofrecer datos al lector igual que una máquina expende los billetes del autobús. “Hay que esforzarse por jugar con los recursos del lenguaje para construir textos de calidad que marquen la diferencia. Esa es, de hecho, parte de la misión del periodista: informar sin excesos poéticos, pero también sin caer en un vulgar prosaísmo”. Huelga aclarar que no empleé estas palabras. En el recuerdo, lo tengo más que comprobado, todo lo mediocre se vuelve solemne.

A pesar del pique, que se quedó más bien en conato de, entendía y entiendo la postura de M.O., sobre todo en lo referente al estilo. A propósito de ello, en las últimas fechas he escuchado y leído una breve reflexión compartida por varios periodistas que, además de la profesión, tienen en común el haber soplado más de cuarenta velas: la fascinación por las posibilidades creativas que ofrece el lenguaje se evapora con el paso de los años. Hablan por propia experiencia. Aseguran que, con veintipocos, incluso con veintitantos, no dudaron en tirarse sin miedo al barro del pleonasmo una vez, otra y las que hicieron falta. Al novato, está claro, le gusta probar y le atrae lo exuberante, y además le interesa hacer ruido, le mueve el afán de notoriedad, quiere que le conozcan, labrarse un nombre para verlo impreso en papel prestigioso, aunque sea de poco gramaje. No obstante, esa efervescencia propia de la juventud, según explican, fue desapareciendo hasta que, cansados de barroquismos y ruido, terminaron por abrazar la parquedad y volviéndose más austeros, acaso más agrios. Supongo que uno empieza a valorar lo práctico cuando ha bregado mucho, lo necesario o lo suficiente. O puede que cuando se ha asentado o se ha desengañado. El caso es que, si no maneja bien esa metamorfosis, es posible que incluso acabe transformándose en un talibán del equilibrio. Por eso algunas veces imagino que en su momento debió haber un M.O. menos recto, más entusiasta; otras, sin embargo, pienso que seguramente nunca se desabrochó la camisa como el primo rijoso del novio en una boda porque se institucionalizó demasiado pronto y demasiado rápido.

El término se acuñó en el film Cadena perpetua (The Shawshank Redemption, 1994). Red, a quien interpreta Morgan Freeman, se refiere a la institucionalización como el proceso adaptativo a la rutina carcelaria al cual se ven sometidos los presidiarios y que, entre otras cosas, conlleva la asimilación de la privación de libertad como modo de vida. Se considera que un reo se ha institucionalizado cuando depende de las normas hasta tal punto que ha olvidado que puede actuar por libre albedrío. “Me he pasado cuarenta años pidiendo permiso para mear y soy incapaz de hacerlo sin que me lo den”, reconoce el propio Red ya con la libertad en la mano, y la libertad es una simple carta con un sello. En este caso, el hecho de haber estado literalmente recluido hace que el personaje de Freeman sea consciente de que sufre un problema e identifique con facilidad el origen de este. Pero el mundo allende las cárceles está plagado de millones de reds -de millones de emeós– que, como nunca han sentido el frío de unas esposas en sus muñecas, dan por sentado que nada les impide actuar con autonomía plena a pesar de que se pasan la vida pidiendo permiso –“redactor jefe, redactor jefe, ¿puedo lexicalizar “O.N.G.” en mi artículo?”-. El rechazo de M.O. a cualquier clase de innovación gramatical, a la osadía de sacar del tiesto no ya los pies, sino ni siquiera la punta del zapato, es una clara consecuencia de la aceptación -más temprana o menos- de un orden heredado, algo que, extrapolado al arte de escribir, genera pánico a caer al vacío si se deja de agarrar la norma, cuando las reglas habrían de servir de trampolín para dar ese salto y zambullirse en el océano de la creatividad.

Pero, ¿es posible librarse de la institucionalización, sea de la clase que sea? La experiencia demuestra que sí, aunque sólo en algunos casos y, la mayoría de las veces, no de forma permanente. Uno de los motivos se ha apuntado antes: el cansancio. Los pilares del continuismo son férreos. Ya en la escuela se siembran en el alumnado las semillas de las que brotará el futuro adulto institucionalizado -el futuro lumpen-, y el resto de la formación reglada está dirigida a fabricar nuevas piezas que sustituyan a otras ya obsoletas en una potente maquinaria llamada statu quo -gramatical, periodístico, político, cultural, económico, etcétera-. Tanto se suda tratando de escapar a diario de sus porfiadas fauces, que las fuerzas, claro, acaban flaqueando –“oiga, esa ya no es mi guerra, que la sigan otros”-. Por todo ello, he de asumir que llegará el momento en el que me convierta en un emeó más que increpe a los meritorios de turno por su estilo campanudo, pero prometo que me resistiré todo cuanto pueda, hasta que la caída sea inevitable. Hay una escena de Veredicto final (The Veredict, 1982) que se me quedó grabada a fuego. Pongo en contexto: el abogado Frank Galvin (Paul Newman), un pobre crápula que intenta salvar lo poco que de dignidad le queda, acepta representar a los familiares de una mujer que está en coma por culpa de un fallo médico en un hospital propiedad de la iglesia. El letrado acude al despacho del obispo Brophy (Edward Binns) para, a priori, llegar a un acuerdo económico que evite el juicio. Cuando el prelado le entrega el sobre con su generosa oferta, Galvin le echa un vistazo y sentencia: “No puedo aceptarlo. Si lo tomo, estoy perdido: no seré más que un rico aspirante a la muerte”.

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Vía El Cultural

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