Los nueve meses recogidos en el título no tienen que ver con el periodo de gestación del ser humano (¿existe el spoiler en poesía?) y sin embargo el cuerpo es una presencia constante, pero no como protagonista, sino como fábrica de lenguaje: «Toda conversación odio fraterno, / Broca y Wernicke son Caín y Abel, / adivina de quién es la quijada» o «Estamos más enamorados del deseo / que de lo deseado. Pero el deseo / tiene la duración de un trasplante de piel» o «Los ojos inventaron una boca / donde poder decir “me estoy quedando ciego”». La partida de ajedrez que se juega, por tanto, tiene un movimiento real y uno ficticio. Además, este producto en forma de palabra que nos hace creer seres superiores no es para tanto, aunque sea indispensable su excreción: «y el lenguaje se funde / con el lenguaje / como las heces con las heces». Y continúa con unos versos que nos recuerdan a los de Ángel González con la morcilla de su pueblo, la Historia y la repetición: «Sólo el de los bebés se diferencia, / sólo el de los bebés huele distinto».

Escribir sobre un libro para no recomendarlo es un acto de vanidad y de pérdida tiempo, por ello, y porque en Nueves meses sin lenguaje seguimos viendo la voz original y necesaria, inteligente y llena de humor de David Leo García, y porque los libros de Ultramarinos hay que tocarlos, termino con estos versos que sirven de mampara de cristal antes del vis a vis, que son invitación al libro:

Vía El Cultural