Siempre nos había dado asco. Tenía uno de esos cuerpos que te hacen parecer raro. Usaba pantalones anchos para disimular sus curvas rollizas, y se lo subía casi hasta los sobacos porque de seguro le daba vergüenza sentarse en su pupitre y que la barriga le cayera por debajo del suéter blanco. A veces su polo bailaba con el viento y dejaba a la vista un ombligo humillado, atrapado entre los barriñones de al lado. Fue la primera en usar sujetador porque le salieron antes que a todas, pero de gorda, así que generaba mucho más sudor: se le caía de las tetas y acampaba en su zona abdominal, dejando a la vista lagunas en sus costados. Tenía igual de anchos los tobillos que los muslos y las rodillas. Cuando corríamos en el patio su cuerpo era de gelatina. Sus michelines se contoneaban y ella jadeaba como una puerca. Sus padres nunca fueron a buscarla, por vergüenza imaginábamos, así que la seguíamos hasta el portal de su casa para continuar insultándola, para prolongar la fiesta que creábamos en torno a ella.

En mayo de ese año dejó de ir a clase. Los profes nos dijeron que faltaría el resto del curso, que estaría ingresada unos meses. Al principio nos jodió bastante. De quién nos reímos ahora, pensamos, y qué hacemos después de las clases. No supimos nada de ella, tampoco durante el verano, pero seguíamos detestándola desde lejos, y aparecía en nuestras conversaciones como un saco de carne apaleado.

Hasta el primer día del siguiente curso. Cuando empezamos a odiarla de forma diferente.

Noelia llegó tarde y hasta la profesora hizo un gesto extraño. Pasó por nuestra fila y todas la miramos de arriba a abajo, sobre todo mi amiga Gloria, que la observó primero con asombro y luego con desprecio. Estaba delgada, divina. No había rastro de sus michelines. Ahora el culo se le marcaba perfecto en aquellos leggins y de su top blanco brotaban dos tetazas. Como no llevaba sujetador los pezones se le marcaban como dos puntas de diamante. Se le quedó la cintura finísima y una barriga plana con un pirsing en el ombligo. Ninguna nos lo creíamos. Cuando llegó el recreo lo comentamos, que cómo era posible, si era una friki, que cómo se atrevía, venir enseñando, tan ridícula. La vimos hablando con las pringadas del B y todas lo tuvimos claro: estará más delgada, pero sigue siendo la misma de siempre.

Aquella tarde fuimos de compras. Mi amiga Clara se compró un par de pantalones largos ajustados. Le quedaban muy ceñidos y como era algo rechoncha sus piernas parecían dos salchichas. Ninguna se lo dijimos. Patricia se fijó en una falda muy corta y en un top blanco para lucir escote. Tenía los pechos minúsculos. Todas nos lo callamos. Más tarde, Gloria pasó por una tienda de tattoos y se hizo un pirsing en el ombligo. A ninguna nos gustaba. Tampoco se lo comentamos.

Era pronto cuando terminamos y decidimos ir a la heladería. Cuando entramos, Patricia se fue al servicio y Gloria a pedir al mostrador. Yo me senté a una mesa con Clara. Cuando Patri volvió de los baños nos agarró por el brazo, alterada. Tías, tías, nos dijo, mirad al fondo, en la última mesa. Era Noelia. Pero no estaba sola. Iba con Marcos, el chico más cañón de la clase. Gloria se enrolló con él en el viaje de fin de curso. Nos dijo que besaba increíble, que estuvieron liándose por lo menos cinco minutos y que incluso se restregaron un poco. Con el tiempo dejó de hablarla, y Gloria le enviaba mensajes que nunca respondía. Le llamaba a casa, le seguía por los pasillos. Lo perseguía constantemente porque decía que era suyo. Ninguna chica se le acercaba porque todas sabíamos que Gloria se enteraría.

Nos quedamos mirándolos desde la mesa, y entonces escuchamos un golpe, justo detrás de nosotras. Gloria había tirado la bandeja y los batidos estaban reventados contra el suelo. Temimos que fuera a por ella, que la cogiera de los pelos y que montase uno de sus espectáculos. Pero no. Se quedó en silencio observándolos con unos ojos negros y vacíos. Me fijé en su mirada. Parecía como si se metiera dentro de ellos. Se dio la vuelta y salió del local sin decir ni hacer nada. Fuimos detrás de ella. Nos dijo que estaba bien, que quería irse a casa. Andamos hasta la parada y cuando subimos al bus estuvo todo el viaje callada.

Al día siguiente Noelia se sentó en primera fila. Nosotras nos pusimos atrás del todo, con los chicos, pero ninguno dejaba de mirarla. Empezó a ser el ojito derecho de los profes. Trajo hechas todas las frases de lengua, hizo bien todas las integrales en mates y en gimnasia saltó el potro mejor que ninguna. Nos daba mucho más asco que antes.

Cuando terminaron las clases quedamos para fumar en la puerta de atrás del insti. Le preguntamos a Gloria que qué tal estaba. Nos dijo que bien, que si podíamos ayudarla a preparar algo que había pensado. Siempre le había gustado el mundo de lo oscuro, los sitios abandonados y  malditos. Nos dijo que quería llevar a Noelia al bosque de la Ronda para hacerle una broma. Había leído en internet que en su centro vivía una bruja y que por las noches salía por los alrededores para buscar víctimas.

—¿Y cómo vas a convencer a Noelia para que vaya? —le preguntamos.

—Fácil. Seremos todas súper amigas.

Por la mañana Gloria la escribió un mensaje diciéndole que quería hablar con ella en el recreo. Las vimos juntas en el patio y cuando terminaron se lo preguntamos.

—Qué le has dicho.

—Que lo sentía muchísimo. Que jamás la hemos tratado bien y que Marcos era todo suyo.

—¿Y se lo ha creído?

—Hemos quedado con ella mañana.

Lo organizamos todo. Haríamos botellón en el parque de al lado del bosque. No estaba muy lejos y como era viernes los buses pasarían hasta tarde.

En la mañana del viernes intentamos parecer majas y estar cerca de ella para que estuviera cómoda. Cuando salimos de clase le enseñamos nuestro rincón secreto de fumar. Le dimos cigarros, nos reímos de otras chicas y pusimos verdes a los profes. Después nos despedimos y le dijimos que estuviera en la parada de buses a las ocho y media.

Quedamos antes para preparar todo en casa de Gloria. La vimos meter una linterna, cuerdas y una botella de color raro en la mochila. Llegamos a la calle de la parada y vimos a Noelia saludando desde lejos con el brazo. Nos subimos al autobús y sacamos el tema de Marcos. Le preguntamos que si estaban saliendo. Nos dijo que se habían estado escribiendo mensajes y que se llamaron por la noche.

Era la última parada. Fuimos a una de las mesas de madera del parque. Nos pusimos a beber y a liar cigarrillos, a hablar de lo guapa que se había puesto. Todas disimulábamos bien hasta que Gloria se puso más seria. Le dijo que para saber si estaba cien por cien con nosotras tenía que pasar una prueba. Le contó la historia y le dijo que si pasaba a solas un par de horas en el bosque podría estar para siempre con nosotras.

Aceptó.

Encendimos la linterna y la acompañamos por el camino que llevaba al interior. Hubo un momento en el que Gloria se paró en seco. Sacó las cuerdas de la mochila y Noelia retrocedió un par de pasos. Nos dijo que ese no era el trato. Gloria la agarró por el pelo y la tiró al suelo de un golpe. Le puso la boca contra la tierra y nos dijo que atáramos a esa perra. La levantamos y la pusimos de espaldas contra el árbol de al lado. Forcejeaba y pedía ayuda a gritos pero entre todas conseguimos inmovilizarla. Gloria sacó la botella de su mochila. La abrió y se la echó por la cabeza. Era sangre. Clara, Patri y yo nos miramos preocupadas. Le dijimos a Gloria que con eso valía, pero empezó a pegarle puñetazos y patadas en el estómago. Nosotras nos apartamos asustadas. Le subió el abrigo y dejó al descubierto su vientre. Se puso de rodillas. Acercó su boca al pirsing y se lo arrancó de cuajo con los dientes. Lo escupió contra el suelo y alzó los brazos al cielo. Escuchamos un ruido a lo lejos. Vimos que por el camino que venía del interior del bosque se acercaba una figura. Tenía un vestido blanco y era alta y delgada. Su cuello se columpiaba hacia los lados y su pelo le cubría la cara. Sus brazos le llegaban hasta la mitad de las piernas y sus pies andaban sin tocar el suelo. Le gritamos a Gloria que se diera prisa, pero se quedó de rodillas con los brazos abiertos y se echó la sangre por la cabeza. Nos dimos la vuelta y corrimos hasta que llegamos de nuevo al parque. Patricia empezó a vomitar y Clara gritaba que había que avisar a la poli. Sabíamos que nos meteríamos en un lío, pero los llamamos. Cuando llegaron se lo contamos todo, que solo era una broma, que se nos había ido de las manos y que una silueta blanca se las había llevado. Las buscaron por el bosque toda la noche. Recuerdo las luces azules, que comenzó a llover, que avisaron a sus padres y que les vi llorar a gritos en la parte de atrás de un coche patrulla. Un agente se les acercó y les preguntó que si reconocían lo que llevaba entre las manos. Era el pirsing de Noelia, con su tajo de carne arrancado. También llamaron a nuestros padres, que vinieron a recogernos. Los míos me gritaban qué habéis hecho, qué coño habéis hecho. Nunca me creyeron, pero yo siempre les dije lo mismo. Que aquella figura blanca se las había llevado.

Han pasado nueve años desde aquello. Nos metieron en un correccional por acoso escolar y homicidio involuntario, aunque jamás encontraron los cuerpos. Salimos a los dieciocho y decidimos no volver a vernos. Me fui de la ciudad. Ahora trabajo de administrativa y vivo en un apartamento. No sé nada de Patricia, ni tampoco de Clara.

Pero sí que veo a Noelia.

Se me aparece por las noches, en una esquina de mi cuarto, cubierta de sangre y a la misma hora.

Me dice que teníamos razón, que estaría siempre con nosotras.

Se acerca a mi oído, y me susurra que en el bosque no había ninguna figura blanca. Que Gloria no está muerta.

Que allí solo había una bruja.

Y que dentro de poco vendrá a por nosotras.

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Vía El Cultural

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