Ante los acontecimientos que preocupan a los universitarios y llevan a planteamientos de la conveniencia de que ingrese la policía a resolver conflictos obvios en una institución de las características de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), sigue vigente el lema Por mi raza hablara el espíritu y no las armas, habrá que apoyar al rector Enrique Graue, quien puntualmente continúa la línea de que los universitarios resolveremos nuestros problemas. La autonomía es razón de ser de la universidad: libertad de pensamiento expresada en la libertad de cátedra y la difusión de la cultura.

Me referiré al pasaje de Sigmund Freud en su adolescencia, quien asimiló de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha la movilidad que desdibuja la fuerza del lenguaje: con su amigo Eduard Silverstein fundó su Academia Española, de la que eran los únicos integrantes y donde jugaban a cambiarse nombres, escenarios e inventar aventuras, como ejemplo juvenil de cómo ayer, hoy y mañana habla el espíritu. Es tal la impresión que producen las obras cervantinas en los jóvenes que aprenden español para leerlo y adoptan con su amigo los nombres de los perros del “Coloquio…”: Berganza y Cipíon”; Freud, crítico e inteligente es Cipíon; Silverstein a la larga escritor, narrador y aventurero es Berganza.

Cipíon y Berganza movidos desde su espontaneidad generan las primeras investigaciones profanas previas al descubrimiento del sicoanálisis; y a la vez, vivieron la suprema sencillez y turbulenta exaltación romántica del Quijote, la lectura, ésta, para el fantasear adolescente de los amigos. Envuelta en la fascinación del mundo de la fantasía, la visión delirante, evocadora que borra la distinción y los tiempos en que se esfuman en las sombras, y que años después empleará Freud para bucear en ese sujeto que se forma y deshace en franco delirar.

Es seguro que de las lecturas adolescentes de Freud de El Quijote de la Mancha quedaran en su mente huellas de un representarse la realidad como un hacerse, motivado por la preocupación de afirmarse en el proceso de existir, como un construirse permanente, y no con lo dado y presente fuera de uno. Hacerlo todo con el cuerpo, al mismo tiempo que con las palabras, expresión de lo que siente y piensa.

Tanto en Cervantes, como en Freud, aparece la representación de que en ninguna cosa escrita la tarea de estar viviendo es quieta sustancia. Por tanto, no cabe en el marco del pensamiento aristotélico escolástico. Las palabras no son objetos asibles con pinzas conceptuales. Al logofonofalocentrismo, al pretender reducirlas a una categoría única, se le escapan de entre las manos.

Freud, como Cervantes, no habla de la imposibilidad de liberarse del duende interior (de ese del que habló García Lorca). Una fisura en la mente, una tacha, una mancha indeleble, como afirma Jacques Derrida, que nos acosa. Necesidad de expresar el vivir humano en su proceso interior como interrogante ansiedad. La vida que depende del juego imprevisible entre las inquietudes y las incitaciones, como vivencia de lo que acontece, no como acontecimiento.

(Ver Cueli, José, Cervantes y Freud, Ediciones La Jornada.)

Vía La Jornada

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