No todos los que tienen una cámara son fotógrafos, así como no todos los que tienen una pluma son poetas. Hay que educar la mirada, buscar nuevas fórmulas visuales, porque estamos muy casados con las viejas, explica Rebeca Monroy Nasr en charla con La

¿De dónde vienen y hacia dónde van el fotoperiodismo y la fotografía documental?

La historiadora Rebeca Monroy Nasr aborda estas cuestiones en su libro Con el deseo en la piel: un episodio de la fotografía documental a fines del siglo XX, publicado por la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), el cual fue presentado en el salón de usos múltiples de la Dirección de Estudios Históricos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH).

La investigadora se forjó como fotógrafa en medio del torbellino social de finales de los años 70 del siglo pasado, primero como estudiante de sociología y después de artes plásticas; luego, cámara en mano, cubriendo marchas y el acontecer de los movimientos sociales de esa época.

Aquellos jóvenes que como ella decidieron lanzarse a las calles para captar en imágenes lo que sucedía en México, estábamos convencidos de que la foto podía decir más que mil palabras, que si en el 68 se le había negado al movimiento estudiantil un testimonio visual, nosotros podríamos y deberíamos decir lo que ocultaba la prensa oficial. Por eso la fotografía me atrapó, explica Monroy en entrevista con La Jornada.

Después se dedicó a escribir la historia de la fotografía, añade, “porque noté que había ausencias, es decir, hubo el boom de hacer fotos pero no una reflexión en torno a ellas. Me gustó la posibilidad de historiar la fotografía, de hacer una teoría, metodologías de análisis.

“Por eso, este libro es un corte de caja, un encuentro entre lo social y lo personal que deriva en poder hacer el recuento del trabajo fotodocumentalista en paralelo al de los fotoperiodistas que se ha hecho en México las recientes décadas.

Son vetas diferentes que se encuentran, se separan, se nutren. Las acompaño con la reflexión de cómo ha sido importante ese periplo para la fotografía en general en el país.

Afinar la mirada

Rebeca Monroy Nasr es profesora investigadora en la Dirección de Estudios Históricos del INAH, adonde llegó hace 35 años como fotógrafa de bienes culturales.

Ha contribuido a reivindicar el trabajo de importantes personajes en la historia gráfica mexicana, mediante sus libros Historias para ver: Enrique Díaz fotorreportero; Ezequiel Carrasco: entre los nitratos de plata y las balas de bronce, y Ases de la cámara: textos sobre fotografía mexicana.

En la Escuela Nacional de Antropología e Historia, a nivel maestría, es responsable de la línea de investigación Historia social e imagen, al lado de Alberto del Castillo, con quien a su vez coordina el seminario La mirada documental.

La investigadora considera que el reto de las nuevas generaciones de fotorreporteros y fotodocumentalistas es procurar la calidad ética y gráfica. “Necesitamos que las imágenes hoy tengan ciertas normas y capacidades de discurso visual, que no se pierdan ante el avasallante mundo, que sepan documentar lo que quieren informar.

“Por supuesto, se puede tener una postura ideológica y si se le deja trasminar no pasa nada, pero hay que ser claros, convincentes en las fotografías. Se ha criticado que en épocas recientes ha bajado mucho la calidad de las imágenes, curiosamente ahora que se tiene la posibilidad de tomar miles.

“Ante eso, la respuesta es: afinar la mirada. No todos los que tienen una cámara son fotógrafos, así como no todos los que tienen una pluma son poetas. Hay que educar la mirada, buscar nuevas fórmulas visuales, porque estamos muy casados con las viejas.

“Hay que experimentar, las nuevas tecnologías nos lo permiten. Si hacemos un meme con una foto también se vale, son los discursos actuales y tenemos que abrirnos, pero necesitamos identificar cuál es una foto documental periodística, cuál un meme, cuál hace un chiste o una burla.

“Me gusta mucho lo que están haciendo las nuevas generaciones, pero también sobredimensionan la imagen. Además, últimamente nos hemos saturado con imágenes muy semejantes, ya nada nos asombra, y eso es terrorífico.

Entre las imágenes de nota roja y lo que vivimos como país, los fotógrafos y los espectadores tenemos que seguir apostando por nuestra capacidad de asombro, no adormecer las conciencias. Por eso la imagen debe contribuir con lo experimental, con lo visual, con ángulos, con novedades, siempre buscando lo documental, concluye la especialista.

Vía La Jornada

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here