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Cruda destrucción

Había quedado con Juan y compré un pack de seis cervezas. Hacía cuatro años que no nos veíamos. Fuimos amigos en la universidad, y después de un tiempo él encontró un buen trabajo y una mujer pelirroja que me encantaba. Solo me llamaba el día de mi cumpleaños.

            Un día que no era mi cumpleaños me llamó. Yo estaba en casa, borracho. Él también. Me empezó a hablar sobre un montón de cosas. Él hablaba y yo bebía. Al final me propuso quedar y yo accedí. Estaba sentimental por culpa del whisky con cola. Anoté su nueva dirección y quedamos el martes por la noche.

            Llegué a su portal. No me acordaba del número del piso. Lo llamé por teléfono.

            —¿Qué ocurre? —respondió

            —Estoy abajo.

            —Un momento.

            Al cabo de un rato lo vi bajar por las escaleras. Me abrió, nos abrazamos y me invitó a pasar. Subimos y entramos a su piso.

            —Pasa al salón —dijo cogiendo mi pack de cervezas—. Ahora mismo voy.

            —¿Dónde está el salón?

            —Al fondo —me dijo—. A la izquierda.

            Recorrí su pasillo. Había fotos de él y de su novia por todas partes. En todas estaban besándose o abrazándose. Nunca he entendido a la gente que necesita fotos para acordarse de a quién quiere. Abrí la puerta del salón. Más fotos de ellos. Besándose y abrazándose. Me senté en el sofá y esperé. Al cabo de un rato él llegó con una botella de whisky y un par de vasos.

            —Tus cervezas están calientes.

            —Lo sé —respondí—. No te preocupes.

            —Sigues bebiendo esto, ¿verdad?

            —A todas horas.

            Sirvió un par de vasos. Alzó el suyo para brindar y yo lo seguí. Me lo bebí de un trago. Él también. El whisky estaba caliente.

            —¿Qué tal te va? —me preguntó.

            —No puedo quejarme.

            —¿Sigues escribiendo?

            —A veces.

            —A mí me han ascendido en el trabajo.

            —Estupendo.

            Él volvió a echar un par de whiskys.

            —Por cierto —dijo—. Lidia y yo vamos a casarnos.

            —Oh, eso sí es estupendo.

            Se levantó y salió del salón. Fue hasta la cocina y trajo un par de cervezas. Todavía estaban calientes. Me ofreció una, la cogí y me acabé el whisky de mi vaso.

            —Es perfecta —dijo sin que yo preguntara nada—. El año pasado viajamos a Turquía. Ella siempre quiso ir a Turquía y yo le regalé el viaje por su cumpleaños. Estuvimos en Estambul una semana. El kebab de aquí es basura comparado con ése. El de allí lleva limón y cilantro.

            Yo eché un trago largo a mi cerveza y me eché el resto en el vaso.

            —Una noche mirando hacia el mar —siguió—, le pedí que se casara conmigo.

            —Qué emocionante.

            —La quiero muchísimo. Es una pena que no hayáis coincidido demasiado.

            —Lo sé.

            Volvió a levantarse y se fue. Me fijé y lo vi coger dos de mis cervezas de una mesa. Me ofreció una. Estaban aún más calientes.

            —¿Tienes pareja?

            —Supongo que sí.

            —Deberíamos salir los cuatro algún día.

            —Claro.

            Escuché ruidos en la puerta de la calle y unos tacones acercándose al salón. Lidia entró y Juan se levantó para darle un beso. Ella lo esquivó y se acercó a mi lado.

            —Cuánto tiempo —dijo sonriéndome.

            —Sí.

            —Te veo muy bien.

            —No puedo quejarme.

            Ella se sentó a mi lado.

            —Juan, tráeme una de estas, ¿quieres? —dijo señalando mi cerveza.

            Él se levantó y fue hasta la cocina. Ella se quedó a mi lado mirándome.

            —¿Sigues con tu chica?

            —Claro.

            —Deberíamos salir los cuatro algún día.

            Juan entró en el salón con una cerveza y un vaso. Lidia tocó la lata y puso mala cara.

            —Están calientes.

            —Un poco —le dije.

            Ella tocó mi cerveza y sonrió.

            —Es igual. Me la beberé así.

            —Cariño —dijo Juan—. ¿No habías quedado con tus amigas?

            —En un rato —dijo mirándome.

            Yo seguí bebiendo whisky y aguanté la charla un par de horas. Juan hablaba de sus viajes al extranjero y de las planificaciones de la boda. Ella solo preguntaba por mi vida. Que si me seguía leyendo. Que si seguía tocando la batería. Que qué perfume usaba. Hablaba y hablaba. Juan se quedó callado. Se levantó del sofá tambaleándose y entró en un sitio que no era la cocina. Lo escuché vomitar.

            —Siempre le pasa.

            —Lo sé —respondí—. Tengo que marcharme.

            —¿Tan pronto?

            Me levanté del sofá y ella me acompañó. Pasé por la cocina y cogí mi última cerveza. Lidia me siguió hasta la entrada y me abrió la puerta.

            —Ha sido un placer —me dijo.

            Nos despedimos con dos besos y ella giró la cabeza en el segundo. Nos tocamos los labios. Todo en aquella casa estaba caliente. Escuché la cadena del váter y me di la vuelta hacia las escaleras.

            —Deberíamos salir los cuatro algún día —me gritó desde la puerta.

            Yo no respondí.

            Llegué a casa muy borracho. Miré mi móvil y encontré un mensaje de un número que no tenía guardado. »Me ha encantado verte», decía. Me masturbé y cuando terminé borré el mensaje. Abrí mi última cerveza y me quedé pensando en que no quería que Juan me felicitara más por mi cumpleaños.

La entrada Reencuentros se publicó primero en Maldita Cultura.

Vía El Cultural

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