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Cruda destrucción

¿Os habéis preguntado por qué los camareros sonreímos tanto?

No es por culpa de nuestra buena educación, de la que hacíamos alarde hace ya un tiempo, cuando aguantábamos clientes que exigían la consumición sin un gracias de por medio.

No.
No sonreímos por eso.

La Asociación Mundial de Camareros propuso una asamblea para calmar los ánimos del mundo hostelero.

Lo dijo el Jefe con camisa blanca y mandil negro:

—Es el momento.

Dijo:

—Pondremos en marcha nuestro proyecto.

Esas ocasiones en las que no habéis dicho hola al entrar en un bar o habéis pedido sin porfavores, en todas esas que habéis dicho este vaso está sucio o el botellín está calentorro, y en todas aquellas que habéis juzgado el rebozado de las croquetas con un están muy grasientas o habéis puesto caras cítricas al decir que la tortilla tiene moco.

En el nuevo mundo tú devuelves una copa porque tiene cal del lavavajillas. Desde la A.M.C las directrices fueron claras. El Jefe con pajarita negra y pelo engominado nos lo gritó como en la película de 300:

—Contaminaremos cada vaso, plato, bebida, y comida devueltos.

Por supuesto, elaboramos un método.

El primer paso, la interpretación. Lo aprendimos del camarero cero, ese homo sapiens que utilizó una hoja de palmera como trapo para limpiar los colmillos huecos de un mamut y decía:

—Se ha quedado buen tiempo.

El segundo, la efectividad: cuidadoso en el trato, rápido en el proceso y eficaz en el resultado. Mirarle a la cara. Esconder la copa por debajo de la barra. Calcular la perspectiva de su mirada y llamar su atención con un tema de viral importancia:

—Pues menuda tela Cataluña.

El tercero, la ejecución. El Jefe nos otorga libertad creativa. Da igual que pases los testículos por el borde de la copa. O que prepares una flema en la garganta y la escupas y la diluyas en el vino dando vueltas con los deditos que acabas de sacar del culo.

Os servimos la Nueva Consumición con arte y educación. El artefacto perfecto. Observamos cómo te la llevas a tus labios de crítico gastronómico y os preguntamos:

—¿Qué tal ahora, caballero?

Y el caballero dice:

—Ya sabía yo que le faltaba algo.

Y nosotros asentimos mientras pasamos con nuestro trapo un vaso que antes estaba limpio. Cuando decís que los torreznos están duros nos quitarnos los zapatos y nos los metemo entre los dedos para ablandarlos.
Cuando la cerveza tiene poca crema os miramos a los ojos y agitamos nuestro miembro.

Comemos mucho tomate. Lo aprendimos de los actores porno. Y la balsa cremosa es mejor que la de Cruzcampo. Lo llamamos hacer un lechazo.

Y pasáis la lengua por la espuma que se os queda en el bigotillo.

Cuando pedís un café descafeinado de cafetera con leche pequeño corto de café en vaso de cristal con sacarina y leche desnatada sin lactosa, os echamos un poco de laxante porque ya que vais a darnos por el culo después os mandamos a cagar.

Cuando pedís tres vasos de agua del grifo y una banderilla para compartir, usamos el agua de la cisterna y la banderilla os la avinagramos con los meados residuales del váter.

Cuando decís que los mejillones tigre son muy pequeños, nos cortamos las uñas de los pies en trocitos y os los rellenamos.

Desayunamos tabasco todas las mañanas por si decís que la morcilla no está picantona del todo.

Cuando os emborracháis y nos dejáis el baño como un cuadro de Picasso, recuperamos la pota y la guardamos en un barreño. Nuestro revuelto de la casa es estupendo.

Cuando nos llamáis desde una mesa con un »Chhss-chhss», nos pasamos una servilleta por el sobaco y os limpiamos el tenedor que se os había caído al suelo.

Cuando transportamos en la bandeja nueve copas y tres botellas de verdejo, cuatro raciones de calamares, tres de chorizo y dos de callos; cuando vuestros cachorros humanos zigzaguean entre nuestras piernas y nos obligan a cambiar nuestra profesión por la de equilibrista del Circo del Sol, los cogemos por el brazo y les decimos al oído que son adoptados y que los reyes sois vosotros.

A pesar de todo esto, que os puede parecer un crimen así explicado, sepan ustedes que la sonrisa os la regalamos, porque al revés que en el antiguo mundo, la de ahora es tan sincera que no hace falta que nos caguemos (por lo bajo) en las farolas que iluminan las tumbas de todos vuestros muertos.

Y vosotros os marcháis felices porque no queréis buena comida ni bebidas frías ni un trato exquisito. Lo que de verdad os gusta, vuestra auténtica pasión cuando salís a tomar unos vinos, es tocarnos los huevos y que os respondamos con respeto.

Vosotros tenéis lo vuestro. Y nosotros lo nuestro.

Y aquí todos contentos.

La entrada Una sonrisa en la bandeja se publicó primero en Maldita Cultura.

Vía El Cultural

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